Un mochilero en la Merced

LA MERCED: Paraiso de los mochileros 2018

Llegó el fin de semana y alguien dijo: “Me apetece ir a la selva”. ¿A la selva? Pues venga, nos vamos. Buscamos en internet y el último bus a la selva salía en una hora. Mochila improvisada al hombro (demasiado improvisada en mi caso, pero de todo se aprende) y tomamos un taxi para dirigirnos a la estación de buses más cercana de Lima.

Si bien es cierto que hay miles de taxis y no hay que esperar ni 2 minutos en la calle para que uno se ofrezca a llevarte, hay que tener cuidado. Los taxis oficiales llevan marcas específicas a los costados y el cartelito de “TAXI” en la parte superior del auto. En una ocasión nos trató de convencer un “taxista” de llevarnos por un precio muy económico, pero su coche no tenía los grabados oficiales y el cartel de “TAXI” lo llevaba detrás del parabrisas. Es bien sabido aquí que muchos de estos individuos esconden el cartelito en la guantera cuando te subes al carro, te llevan a un callejón y una vez allí te roban a punta de pistola, te obligan a sacar dinero de la tarjeta de crédito y cualquier cosa que se les ocurra.

Una vez que se para el taxista, tienes que discutir el precio antes de subir al carro (aquí no hay velocímetro, y es algo que me encanta de Perú, porque si no llegas a un acuerdo con el taxista, no te subes y todos contentos).

-¿Cuánto hasta la estación de buses más cercana?

-11 soles.

-Está cerca, eso es mucho. ¿8 está bien?

-9.

-Venga que somos 4, déjanos la cuenta redonda.

Y el taxista se hace el remolón pero acaba diciendo “suban”. Ellos ya esperan que regatees cuando te ven cara de extranjero, pero si no conoces los precios te suelen cobrar más y no te enteras (porque en comparación sigue siendo barato). No recomiendo regatear hasta la saciedad, he visto a gente llegar a límites despreciables y los taxistas son ciudadanos que intentan ganarse la vida. Una cosa es que la gasolina aquí sea barata, pero otra que pierdan dinero llevándote.

Total, que cogimos un taxi porque íbamos a contrarreloj y llegamos a coger el autobús 5 minutos antes de que partiera. Como diría un buen amigo, “to the limit xtreme!”. Rumbo a la selva.

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Rumbo a la selva: Lima – La Merced.

Además tuvimos suerte y era un autobús VIP, sin duda el transporte más cómodo que he probado aquí en Lima, con asiento reclinable de 180º y aperitivos por el camino. Eso sí, mis piernas seguían sin caber en el asiento, pero comparado con los otros transportes de Lima aquello era el paraíso. Por 70 soles (20€), pasamos 8 horas de trayecto nocturno desde Lima hasta La Merced (provincia de Chanchamayo, departamento de Junín). Esto es baratísimo si lo comparamos con España, donde por el mismo precio haces un trayecto de 2 horas (por cierto, el bus de vuelta que no era VIP nos costó tan solo 20 soles, menos de 6€). Obviamente los precios son acordes a los sueldos (el salario mínimo de Peru es de unos 200€), pero si vienes de un país más pudiente te crees que eres Amancio Ortega.

La luz del amanecer me despertó y no tardamos en llegar a nuestro destino, aproximadamente a las 6 de la mañana. Así que nos pusimos a buscar hostales donde alojarnos. Parecía que todos los hostales estaban llenos (aunque creo que los recepcionistas estaban medio dormidos y no querían atender extranjeros tan pronto), pero finalmente encontramos uno por 25 soles (unos 7€) la noche: “El perezoso“. Si alguien no sabe dónde alojarse y pasa por aquí, lo recomiendo: las vistas son preciosas y el hostalero se lamentaba de no tener suficientes clientes porque es de los pocos hostales que no estaban en la plaza principal. Nuestra habitación tenía goteras debido a las tormentas tropicales de las últimas semanas, pero nos dio igual; el hostalero era simpático, puso unos cubos de plástico debajo y arreglado. Como suelo decir, ¡esto es la selva man!

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Vistas de La Merced desde nuestra habitación de “El perezoso”.

Ya con alojamiento y dejando de vivir al límite, dimos un paseo por la ciudad. Lo primero que llama la atención es la unión de la sierra con la selva, y las nubes prácticamente a nivel del suelo. Porque esto es lo que los peruanos llaman “ceja de selva“, donde se unen montañas y jungla. Si hubiésemos seguido en la misma dirección la ceja de selva se convierte en puro Amazonas, pero este viaje se hacía en avión y se me iba de precio. Unos amigos fueron a Iquitos (Amazonas, mucho más al norte) y es verdaderamente precioso; tengo claro que volveré a Perú para hacer esta ruta. En cualquier caso, las vistas eran preciosas y había un contraste increíble entre la belleza de la naturaleza y la pobreza de la ciudad-pueblo, incrustada en la base de las montañas.

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Los baratísimos moto-taxis.

Paseamos un poco por el mercado (¡sándwiches de huevo y queso por 30 céntimos!), tomamos un café (te sirven vasos de agua caliente y después una jarra de café ardiendo, que mezclas con el agua a tu gusto) e hicimos tiempo hasta que las agencias de tours amanecieran. Nos compramos unos sombreros de Indiana Jones porque, qué carajo, esto es la selva, y nos hicimos unas fotos con una boa constrictor -que, la verdad, estos animales me dan mucha pena por la vida indigna que tienen, pero soy un hipócrita y nunca se tiene oportunidad de coger una (lo sé, no es excusa…)-. Finalmente abrieron las agencias y conseguimos un tour por la selva que incluía, entre otras cosas, varias cataratas y visita a una tribu indígena nativa, por el módico precio de 35 soles (10€). Debo decir que este tour nos generó unas expectativas muy altas que no se cumplieron del todo, no porque no fuera precioso, que lo era, sino por la publicidad engañosa que lo acompañaba.

Así que subimos a una combi (esta vez con asiento para todos) y comenzamos el recorrido. Primero visitamos una empresa productora de café. La selva alta del Perú es muy propicia para el cultivo de las plantas del café, y La Merced está consolidada como una zona cafetera de primer nivel. Nos enseñaron las plantas, nos explicaron cómo se producía y nos tuvieron allí un buen rato convenciéndonos de que comprásemos su café porque, aseguraban, es el mejor del mundo mundial. Y para convencernos, nos señalaban los carteles patrocinadores con mujeres pechugonas y poca ropa degustando su café de La Merced.

Finalmente nos adentramos en plena carretera, flanqueada por una vegetación exuberante que a mí me dejó cautivado.

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Green roads.

La segunda parada que hicimos fue para ver al machetero o pacarana, un roedor sudamericano en peligro de extinción que tenían domesticado en una especie de centro de recuperación, donde podías tomarte fotos con él y darle de comer. Fue curioso ver un roedor grande como un jabato pero no me gustó, no es un modo de vida aceptable para estos animales ni para nadie. Esta sensación se acrecentó más adelante cuando vi un mono tití atado con una cadena metálica de medio metro (repito, medio metro, apenas podía caminar sin ahogarse) a una silla, desesperado por soltarse con una insistencia que me hizo plantearme porqué el ser humano cree necesario hacer este tipo de cosas.

Y finalmente llegamos a la tribu indígena, los “Asháninkas“. Una experiencia totalmente única, ¡estábamos en una auténtica tribu indígena en medio de la selva! Eh… no. Era un espectáculo absolutamente montado para turistas, te pintaban la cara, te disfrazaban con la vestimenta típica y te enseñaban sus bailes tradicionales que, la verdad, estaban menos trabajados que la Macarena.

Me pareció muy triste que se vieran obligados a dejar de lado sus costumbres milenarias para unirse al negocio monetario de la sociedad en una pantomima que ni siquiera trataban de hacer creíble. La “aldea” (y lo digo entre comillas porque no eran casas, solo cabañas con cosas para vender a turistas) estaba al lado de la carretera, no me supieron explicar cómo se abastecían y conseguían agua potable y, en definitiva, eran actores pagados por la empresa que hacían un teatrillo para turistas, y allí estaba todo el mundo haciendo fotos como locos. Si no se puede visitar una tribu indígena no se puede, pero crear este tipo de espectáculo me parece tan degradante para los verdaderos indígenas, como para el turista a quien se intenta engañar. Pero bueno, es un negocio, y puede haber a quien le guste conocer ciertas tradiciones de estos poblados; simplemente creo que se debería ser sincero con ambas partes, y la forma en que se han explotado sus tierras han obligado a estas pobres gentes a unirse al circo de la sociedad para sobrevivir. En pleno Amazonas sí hay verdaderas tribus indígenas y estoy seguro de que ha de ser una experiencia única verte sumido en su mundo, pero no creo que sea producente para ellos, o acabará ocurriendo lo mismo que en esta aldea. En cualquier caso, guardo la esperanza de poder experimentarlo alguna vez sin necesidad de dañar su integridad.

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Patriarca de la aldea.

Había un loro y un guacamayo bastante simpáticos que mordían todo lo que les dejabas; estaban libres, pero no volaban (quizás les realizaron un corte de alas, o nunca han sabido lo que es volar). Después de hacer unos bailes bastante forzados, casar a un miembro de la aldea con una de mis amigas y tratar de vendernos insistentemente sus productos tradicionales-únicos-que-no-pueden-encontrarse-en-ninguna-otra-parte (que posteriormente vimos que eran los mismos que en las tiendas de la ciudad), continuamos nuestro camino.

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Y llegamos a la selva, la selva de verdad. Allí olvidé la decepción por el componente excesivamente turístico que me había acompañado todo el día, y quedé simplemente maravillado por la salvaje hermosura del lugar. Tal vez es porque nunca había estado en la selva. El agua corriendo entre la frondosa vegetación, los gigantescos árboles y palmeras se cernían sobre nosotros como enormes pájaros verdes que nos acogían bajo sus alas y nos daban la bienvenida a la jungla. Me sentía en El libro de la selva.

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Welcome to the jungle.

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Y, justo entonces, comenzó a llover. Nos apresuramos para llegar a la Catarata Bayoz. Los otros turistas comenzaron a retroceder, pero nosotros continuamos camino de la catarata. Y es que no era una lluvia fina, no, poco a poco se convirtió en una verdadera tormenta tropical. Estábamos empapados, así que me quité la camiseta y protegí mi mochila con el chubasquero. Finalmente llegamos a la catarata; alta, imponente, majestuosa. Apenas había nadie, todo el mundo se había ido a resguardar a los autobuses, pero eso permitió apreciar mejor la magia de ese pequeño paraíso. Era impresionante, con todas las letras. Allí, sin camiseta, rodeado de pura selva y una cascada fascinante, la lluvia pesada cayendo sobre mi cuerpo y únicamente el sonido del agua contra el agua y las palmeras tropicales. Fue en ese momento exacto cuando me sentí afortunado por estar allí, cuando la selva me enamoró. Es indescriptible, uno debe sentirlo en sus propias carnes.

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Catarata Bayoz bajo la tormenta tropical.

No tardamos en irnos porque había peligro de desprendimientos, pero antes fuimos corriendo-nadando hasta la base de la catarata para sentir su furia desgarradora. Buf, qué intensa es la naturaleza. Nunca olvidaré ese momento, me sentí verdaderamente vivo. La tormenta no se relajaba (las tormentas tropicales pueden durar 10 minutos o 3 días) así que volvimos deprisa a nuestra combi, donde nos informaron que no íbamos a poder visitar la otra cascada, pero no me importó. Me sentía enteramente satisfecho.

Por la tarde dimos un paseo en bote (curiosamente llamado “El Titanic“, ¿es buen nombre para una barca?) por el río Perené. Lo que prometía ser un relajante descanso escuchando el sonido del agua, se convirtió en un guateque discotequero en la cubierta del bote, donde los altavoces temblaban con “Una vaina loca”, “La gozadera” y esta que no se como se llama pero que dice “si necesita reggaeton dale, vamo a pegarnos como animales, no sé que de romanticismo” y demás. En fin, una cortada de rollo, pero lo tomamos con humor y nos sumamos al reggaetoneo.

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Río Perené.
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Perreo amazónico.

Acabamos el tour cansados pero satisfechos, así que cenamos y echamos unas chelas para celebrarlo. En Perú las cervezas se suelen comprar en botellas de 620 ml, que cuestan más caras que en España en supermercados, como todo (4 soles, poco más de 1 €) pero muy baratas en los bares (8 soles).

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Cerveza “Cusqueña”.

Volvimos al hostal y -tras una interesante conversación sobre el impacto de la religión en el mundo, tema sin duda discutido por el efecto de las chelas- fue hora de irse a dormir; tocaba madrugar para hacer deportes de riesgo en la jungla.

Segundo día en Chanchamayo.

Nos despertamos bastante más descansados que el día anterior (nada como una cama para dormir) y buscamos algo para desayunar. No fue difícil, decenas de “garitos” ofrecían todo tipo de comidas a un precio muy económico en el mercado central, a 5 minutos de nuestro hostal. La Merced es como un pueblo, todo está cerca caminando. Unos jugos de mango (aquí hay muchas frutas tropicales sabrosísimas), barritas energéticas y directos a la agencia de tours.

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Mercado central y moto-taxis.

Decidimos hacer un tour de aventura que costaba 30 soles, pero como somos muy majos, nos lo dejaron a 25 (unos 7€). Montamos en combi (esta va a ser la palabra que más escuchéis en este blog) y el encargado nos instó a que usáramos antimosquitos antes de llegar, si no queríamos irnos a casa con un bonito recuerdo llamado malaria -no existe vacuna oficial contra la malaria-. Y como no queríamos, pues nos duchamos con el spray. Aproximadamente 40 minutos más tarde nos apeamos, para cruzar el Puente Kimiri y adentrarnos de nuevo en la ceja de selva.

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Puente Kimiri.

Los senderos de tierra que en el inicio estaban bordeados por palmeras y otras plantas tropicales, no tardaron en convertirse en puro follaje de infinitas tonalidades verdes. Era un paisaje diferente al del día anterior, más sierra que selva, pero igualmente cautivador.

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Tuvimos bastante suerte porque el clima fue fresco y no había casi mosquitos. Por lo que decían los lugareños, un día caluroso de selva es de lo más incómodo, se suda como un chancho (cerdo) y acabas con miles de picaduras de mosquito por todo tu cuerpo, y los que no te pican te los comes. No tardamos en llegar a un área de descanso; era como una especie de parque de atracciones en plena selva, con lianas, hamacas, casetas en los árboles… Así que (por si alguien lo duda) nos quedamos un ratico haciendo el Tarzán como críos con un juguete nuevo.

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Jungle fever.

Después comenzamos el tour de aventura como tal, que se anunciaba como una excursión de rappel por la selva; no era rappel propiamente dicho porque no descendíamos, pero sí estuvimos escalando cascadas y haciendo trekking, atravesando ríos amazónicos, troncos amazónicos y siempre rodeados de vegetación exuberante amazónica (todo es amazónico porque así mola más; ejemplo: mosquitos amazónicos).

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Los musgos y lianas trepaban por cada rincón que encontraban; es increíble la forma en que la naturaleza se abre paso por todas partes, insistente pero a la vez suave y armoniosa, sin prisa pero sin pausa, como una buena canción. Leí un letrero tallado que me parece un buen ejemplo de esta sensación que trato de explicar:

“Mil árboles que crecen hacen menos ruido que uno que se derrumba.”

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Posteriormente llegamos a una pequeña cascada bajo la cual había una pequeña “cueva” en la que, por supuesto, nos metimos. Digo pequeña porque la cascada no era muy alta, pero la fuerza con la que golpeaba nuestro cuerpo cuando estuvimos debajo fue impresionante. Las cascadas amazónicas son otro nivel. Llegados a este punto estábamos completamente empapados y las botas de agua que llevábamos dejaron de ser útiles para convertirse en una carga de varios kilos de agua que teníamos que vaciar cada poco rato.

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La segunda foto no se ve muy bien, pero uno tiene una reputación y ha de fardar con los colegas “mira, yo estuve ahí debajo”. Varios metros más arriba había una zona de pozas dejadas por el río, con salientes rocosos desde donde pudimos tirarnos. No era un salto muy grande, pero si vamos a hacer el cabra por la selva nos ponemos y lo hacemos bien; además llevábamos sombreros de Indiana Jones, y lo más importante: era un salto amazónico, que no se puede hacer en cualquier parte.

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Finalmente llegamos a nuestro destino, la catarata Borgoña. Una caída de agua de unos 12 metros, escondida entre elevadas paredes de roca cubiertas de musco que convertían el lugar en un pequeño paraíso cerrado, y que teníamos para nosotros solos.

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Catarata Borgoña.

Allí finalizó la caminata y regresamos de nuevo atravesando selva, rocas y riachuelos; 4 horas de trekking amazónico tras las cuales tomamos la combi de vuelta a La Merced. Fue un servicio realmente bueno y barato si se tiene en cuenta la tranquilidad que destilaba el lugar y las actividades que incluía. No podía evitar compararlo con España, donde hubiese costado 20 veces más y no nos hubieran permitido hacer tanto el cabra; pero en la selva tienen una mentalidad de “aquí manda la naturaleza, haz lo que quieras bajo tu responsabilidad”.

-¿Podemos meternos bajo esa cascada de 5 metros?

-Venga, pero rápido que ahorita tenemos que “avansar”.

-¿Podemos tirarnos desde ese salto?

-Bueno, pero primero me tiro yo no os vayáis a matar y me hagáis la huevada.

Por suerte ese día no pillamos tormenta tropical, ya que nos hubiera impedido hacer el tour. De nuevo en la ciudad-pueblo, nos tumbamos un rato en la plaza principal para descansar porque, la verdad, el trekking nos había dejado cansados. Pero nuestro autobús de regreso a Lima salía a las 10 de la noche, y todavía eran las 5; no hacer nada no era una opción, así que decidimos ir al mariposario, lugar recomendado por los agentes del tour.

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Plaza principal de La Merced.

Como no sabíamos cómo ir ni dónde estaba, tocaba usar el recurso de todo viajero: preguntar. No sé si todos los habitantes de La Merced son tan seguros de sí mismos como aquellos que me intentaron ayudar, pero el caso es que hablé con varias personas distintas y todos me dijeron cosas totalmente diferentes, eso sí, con una convicción apabullante:

  • El mariposario no abre “hoy día”, señorito (era domingo).
  • El mariposario “sierra” muy tarde pero está a 1 hora de aquí en carro.
  • El mariposario está a 5 minutos caminando pero a estas horas ya “serró” (los sudamericanos se parten con nuestro ceceo, es una broma para ellos).

Total, que como era nuestro único plan y nadie parecía ponerse de acuerdo, decidimos ir a la aventura, a ver si con suerte estaba abierto. Tomamos un mototaxi que se ofreció a llevarnos por 8 soles.

-Pero, ¿cabemos ahí?

-¡Sí, sí, por supuesto, no se preocupen, entren rápido señores y señoritas, entren rápido!

Miramos el mototaxi con escepticismo; estos vehículos son coches hiper-enanos de 3 ruedas en los que hay sitio para el conductor delante, y como mucho 2 personas en la parte trasera. Hay gente que los tunea con temática de Batman, Dragon Ball… Pero el conductor se veía con ganas de llevarnos a los 4, y nosotros somos estudiantes ahorradores así que, después de mirarnos con cara de “no cabemos pero… bah qué más da”, nos metimos adentro. Fue realmente difícil acomodarnos, unos medio encima de otros, pero el conductor arrancó porque para qué esperar, si estos jóvenes pueden organizarse mientras yo me pongo al volante y así no perdemos tiempo. Tengo curiosidad por cómo puede resultar rentable un mototaxi, ya que te llevan prácticamente gratis a cualquier parte, y es cierto que el automóvil es muy pequeño y debe consumir poco, pero aún así me resulta difícil hacer cuentas.

Yo, que estaba en el lado de la puerta (digo puerta porque es por donde se entra, pero no tienen puerta, literalmente el carro está abierto) pasé todo el trayecto -que resultó de unos 20 minutos por carretera- con medio culo y una pierna fuera del auto. Era agradable sentir el aire en la cara pero acabé con agujetas en un sólo glúteo, porque estuve todo el viaje en tensión e intentando no caerme a la carretera por el camino (y estos autos no son ferraris pero alcanzarán sus buenos 60-70 km/h, que no es mucho pero cuando tienes el suelo volando bajo tus pies impone respeto). Pero si he de ser sincero, la experiencia fue divertida y sólo podía pensar “si mi padre -atestado de tráfico- viera esto y empezara a poner multas, empapela el mototaxi por dentro y por fuera”.

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Esto era bastante menos espacioso de lo que parece.

Y, con medio culo menos, acabamos llegando al mariposario. El conductor juró y perjuró que nos iba a esperar allí y nos iba a llevar de vuelta a La Merced, porque el mariposario estaba a las afueras, después se haría de noche y no tendríamos cómo volver. Le creímos.

Llegamos justo cuando cerraban, fuimos los últimos en entrar; la suerte del mochilero. De cualquier forma ni cerraba en domingo ni estaba a 1 hora en coche, así que nos sentimos afortunados ya que habíamos ido totalmente a ciegas. El mariposario resultó ser una especie de invernadero gigante semicircular, donde había muchísimas mariposas (cómo no, amazónicas) de todos los colores entre bosques de árboles. Nosotros llegamos cuando estaba atardeciendo, de modo que las más coloridas volvían a los nidos y aparecían las nocturnas, con colores más apagados; pero aún así era una maravilla verlas volar por todas partes, hasta el punto en que debías cerrar la boca si no querías tragarte una por error. El sitio era bonito, te explicaban los hábitos de reproducción y comportamiento de las mariposas, las peculiaridades de cada especie y demás historias que no recuerdo porque estaba intentando no comerme ninguna.

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Por si tenéis curiosidad, os dejo una foto de las especies de mariposas que podían encontrarse; no vimos ni de lejos todos los tipos por lo que he comentado de que estaba anocheciendo y porque depende mucho de la estacionalidad, pero la verdad es que era un espectáculo digno de ver; un parpadeo de colores continuo por donde fuera que mirases, y algunas eran tan grandes como mi mano. Verlas en época de apareamiento en plena selva debe ser espectacular.

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Mariposas amazónicas.

Tras ver algunas especies de monos, caimanes y otros animales exóticos que tenían en un centro de recuperación anexado al mariposario, salimos cuando ya había caído totalmente la noche. Todos los visitantes se habían ido en los buses y combis que los habían traído y…¡sorpresa! Nuestro mototaxi había desaparecido (Per: “huevón del carajo” / Mex: “no mames güey, será pendejo” / USA: “oh, shit” / Esp: “no te creeeo”).

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Un poquito de auto-stop. Mochileando se vive mejor.

Así que nada, a hacer auto-stop. “No problema, somos mochileros”, pensamos. La verdad es que nos costó casi media hora que un vehículo se ofreciera a llevarnos, nadie quiere recoger a desconocidos en las carreteras peruanas a esas horas porque es peligroso, y más en la selva, así que los vehículos no paraban. Era plena noche y no había un alma, pero se nos olvidó pronto porque pudimos ver en directo cientos de luciérnagas que nos hacían compañía al lado de la carretera; mereció la pena. El destino quiso que finalmente nos recogiera una combi (¡benditas combis!), que nos acercó a La Merced por el mismo precio que el moto-taxi (y con todos los culos dentro), pero es algo que no repetiremos porque es peligroso subir a vehículos llenos de gente de noche, ya que es bastante común que en la parte trasera te saquen las pelas a punta navaja. Pero bueno, fue el único recurso que teníamos y no tuvimos ningún problema.

Aún nos sobraban unas horas antes de nuestro autobús, así que tomamos unas chelas y cenamos anticucho, un plato muy típico del Perú, y especialmente de la selva, que consiste en corazón de vaca fileteado y ensartado en forma de pincho moruno. Hablaré largo y tendido de la gastronomía peruana más adelante, la cual es amplia, rica y merece la pena conocer.

Llegaron las 10 y fue hora de partir. Personalmente, la ceja de selva me encantó; la unión de sierra y jungla es un ecosistema único y digno de ver, escuchar y sentir en directo. Para mi próximo viaje a Perú tengo claro que no me quedaré a la entrada y visitaré plena selva amazónica, un paraíso que, según cuentan mis compañeros enamora a todo aquel que lo pisa; naturaleza virgen sin intervención del ser humano.

Retornamos a Lima en un bus de los que tanto me gustan, pensando ya en la próxima escapada de fin de semana. ¡Adiós, Chanchamayo!
fuente :  mochileando

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